Infancia

En ciertas noches se podía escuchar – si estabas en silencio – los sollozos de un niño perdido, que deambulaba por las calles juntando algunas monedas que – según él – caían del cielo. El niño saltaba, abría la boca, movía los brazos como si en el impulso fuera a sostenerse en el aire pero todo era en vano; la calle no era la habitación donde el cura se creía el Rey de Sodoma para engañarlo y hacerlo pensar que era natural que los niños se dejaran penetrar.

Al final de la noche la infancia parecía irse en el velador donde guardaban los condones.

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