Espectador

Tuviste miedo. Lloraste y esparciste las lágrimas por las murallas para que hicieran un camino a donde yacía tu cuerpo, el agua formó zanjas como cada hombre guarda su verdad en las noches. Llenaste de greda tus manos para levantar las partes que te faltaban, las que te fueron arrebatadas por mentirle al hombre. Eras el camino al cielo o la manera de creernos más santos por dejar que los niños jugaran en el templo. Simulaste una cruz en el aire con la forma en que colgaban tus miembros cuando terminabas con ellos. Fuiste, y en esto soy irreductible, un lobo que aullaba a las putas, el cuervo que se posaba en el agua bendita, la cruz que colgaba en el cuello de todos. Pero tuviste miedo, miedo de las tristezas – de los niños – que se postraban en tu cama, de las siluetas que bajaban susurrando desde el techo o los hedores que se recogían en la casulla.

Y volviste a llorar, mientras soñabas ver a un toro bañado en su propia sangre dando vueltas por la habitación, dando vueltas sobre los cuerpos que enterraste vivos, pisoteándolos para removerles el semen que aún guardaban sus culos. Pero gritaste, como si quisieras que el toro se detuviera y la habitación fuera conservada en tu nombre. La última petición de un moribundo, decías.

Y la neblina comenzó a acariciar las manos que salían de la tierra, pequeños pasos se iban trazando en el polvo que cubría la cama o en la tumba donde se ahogaban los gritos. Tú seguías llorando, y la muerte daba vuelta la siguiente página del libro, los niños aparecían de las esquinas con los rostros enrojecidos y los puños apretados, la noche se venía encima de tu frente como la tierra que la muerte tiraba sobre ti y los ojos de todos estaban puestos donde yacía tu nombre, la habitación comenzaba a ser deshabitada mientras yo seguía viendo tu rostro desaparecer en la tierra.